¿Deberes en el mundo actual?

El sistema educativo tal y como lo conocemos no funciona. Si comparamos una foto mental de un hospital de hace 100 años a una actual, comprobaremos la evolución que se ha manifestado desde entonces. Sin embargo, esto no es algo que suceda con la educación, ya que la fotografía del aula es, desgraciadamente, la misma que hace un siglo (y no, una pizarra digital no ha revolucionado nada) Pero queridos lectores, el mundo que rodea a esa aula no tiene absolutamente nada que ver. Según un estudio realizado por la Universidad de Oxford, en torno a 700 profesiones serán reemplazadas por máquinas en 20 años. Esto significa que se podrían perder más de 1.600 millones de puestos de trabajo. Pero no pasa nada, nosotros seguimos enseñando (enseñar no es educar) matemáticas, física o lengua.

Claro está que unas nociones básicas de inteligencia lógica en los primeros años de escolarización ayudan a que el niño desarrolle competencias que empoderan y entrenan su propio razonamiento, y muy positivas son, pero ¿qué hay después de esto? Hoy en día, lo que se requiere para tener un hueco en el mundo no son las ecuaciones (y desde que existe la calculadora, ni las operaciones matemáticas me atrevería a decir), tampoco te hace un hueco en él la tabla periódica o el análisis sintáctico de oraciones.

La importancia de los conocimientos, más o menos necesarios según para qué, ha perdido fuerza con respecto a la importancia de las competencias. Las empresas quieren que conozcas lo básico para darte un puesto de trabajo, pero si tu currículum ocupa tres folios y no sabes hablar en público, trabajar en equipo, tener visión estratégica, autogestionar tus emociones, manejar la incertidumbre o vender(te), lamento informarte de que no tienes (o no tiene tu hijo) hueco en el mundo actual, y en unos años, ni lo sueñes. Las cuentas matemáticas, los cobros, la conducción, la comunicación, etc. son cosa de las máquinas ya, y lo que se avecina es aún mayor. ¿Qué puede salvarte entonces? Tú mismo, tu talento y tus competencias. Las que he citado antes, ¿pueden ser ejecutadas por una máquina? No, es ahí donde reside tu oportunidad, ese es tu lugar en el mundo.

Con este contexto en el que vemos esa cuarta revolución industrial muy lejana (ya está aquí, luego lloraremos), me preguntan por los deberes y ¿qué puedo decir? Personalmente he tratado con alumnos durante más de 10 años, y también me he visto obligada a pedirlos, y a darles valor, pero a día de hoy, volviendo la vista atrás y reflexionando sobre ello, no creo en ellos. Y aunque hablo en general, me enfoco especialmente en todos aquellos alumnos adolescentes. Quizás la idea que más me afirmaba su importancia era la creación de un hábito y el fomento de la autonomía por parte del alumno, sin embargo, todo depende de la perspectiva.

Soy firme creyente de que los hábitos no se implantan ni se enseñan, se adquieren por uno mismo. Todas aquellas personas que en su edad adulta estudian, leen o se informan de aquello que les interesa, lo hacen motu proprio. Si la escolarización crease hábitos, todas las personas en su edad adulta leerían y seguirían formándose. Digamos entonces, de forma honesta, que el hábito que se “crea” es temporal y con un fin: aprobar una asignatura, no es un hábito sostenible en el tiempo. Los hábitos tardan en adquirirse, pero también se pierden igual de rápido. Por tanto, lo importante no será aquí hacer deberes o estudiar con una frecuencia, sino la adherencia y curiosidad despertadas. Cuando unos padres enseñan a sus hijos a ayudar en las tareas del hogar, éstos cogen el hábito. Cuando los padres educan en la importancia del hogar y la colaboración y equipo al mantenerlo higiénico y habitable, el niño aprende. Esa es la diferencia.

Respecto a la autonomía, entendida como independencia o capacidad del alumno para tomar sus decisiones, hay muchas opiniones. Un joven no aumenta su autonomía con los deberes sino con temas que lo estimulen, que lo reten. La autonomía conductual por supuesto se ve favorecida por las tareas en casa, pero solo la conductual, el “me habitúo”. La autonomía personal, que es la que nos concierne (o debería), esa que obedece a por qué en esto o lo otro quiero independencia, esa que reúne mis emociones, mis sueños, la persona que soy, y lo que puedo hacer de manera autónoma por ella, se ve intacta. Ser autonómo es responsabilizarte de tus asuntos y tareas, ¿de verdad un alumno se siente responsable de estudiar en una tarde 3 temas, hacer 20 ejercicios y acudir a clases extraescolares de materias que no lo motivan? A mí, como ser humano me apetece responsabilizarme de una mascota que quiero tener, de un empleo que he creado yo misma, de mi vida independiente… ¿pero de unos deberes? No me siento autónoma y responsable de las cosas que no elijo, me siento comprometida. Cumplo y me olvido.

Es en este punto cuando saltamos al otro extremo y nos defendemos con que entonces solo quieren jugar con el móvil y poco más, ¿estás siendo lo suficientemente buen educador como para creer que una persona con motivaciones y talento solo quiere eso? Puedo asegurarte, por experiencia, tras haber hablado de tú a tú con cientos de jóvenes de diferentes edades, que saben pensar, es más les encanta razonar y opinar, les fascina ofrecer su punto de vista, escuchar otros, saben debatir (alucinante pero cierto) mejor y más respetuosamente que nosotros, les gusta compartir lo que saben y ayudar a otros. Eso es lo que les hace felices. Ni la Tablet, ni los deberes.

¿Es esto un manifiesto en contra de los deberes? ¿estoy condenando la educación? En absoluto. De hecho, no hablo de nada si no es desde la información y, sobretodo, la experiencia en primera persona. Pero los deberes, las normas, los retos, la educación… todo son armas de doble filo, bien usadas, con un fin (real, en la situación social y educativa de hoy) y en su justa medida pueden potenciar a nuestras futuras generaciones, pero mal usadas o entendidas destrozarán vidas y sueños. ¿Qué mundo buscas tú?

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