Adolescencia: tres tips para tratar la falta de interés

Algo que preocupa extensamente a los padres y madres de adolescentes y pre-adolescentes es la falta de interés mostrada por sus hijos e hijas. Esto ocurre especialmente entre las edades de trece a quince años. Estos jóvenes demuestran mucho interés por algunas cosas y hacen mucho de eso, y poco interés por otros asuntos o tareas de las que se ocupan mucho menos o nada.

En estos casos, lo primero a tener en cuenta son nuestras propias expectativas, ¿esto es importante para mi hijo o para mí? Tal vez sus estudios no sean importantes para él o ella ahora. Será por lo tanto inútil e incluso contraproducente simplemente obligar a cumplir aquello que consideramos (nosotros) crucial en su vida.

Cuando la motivación interna no existe o es muy escasa, ¿para qué cabrearnos? no vamos a hacer que aparezca mágicamente. En esta situación tenemos dos armas a las que agarrarnos: disciplina y refuerzo positivo. Para entendernos, cuando una persona hace una dieta no siempre quiere comer verduras a la plancha, sin embargo, lo toma como paso importante para lograr algo, se compromete. Eso es la disciplina. El refuerzo positivo llega cuando un día tiene un postre a elegir o se pesa y ve resultados. Puede que nada de esto haga que sus ganas de hacer dieta aumenten, pero sí que comience a sentirse más capaz, más cómodo o que le suponga un reto más positivo.

No esperes a que a tu hijo le apetezca colaborar en casa, visitar a la familia o estudiar. Puede que eso no ocurra jamás. No obstante, te facilito tres tips que harán que la situación mejore.

  1. No pretendas cambiar su forma de pensar. No funcionará, punto. Escucha atentamente (no con la intención de hablar tú) lo que piensa, supongamos que es “no me gusta estudiar, no me interesa nada lo que leo” y no trates que piense diferente o menospreciar su punto de vista. Nada de “ya, pero estudiar es importante”. Ese “pero” anulará lo que te ha comentado y se cerrará. Comprende y alienta: “te comprendo perfectamente, debe ser una lata, ¿y cómo se te ocurre que podrías hacerlo algo más ameno?” Esto propone buscar soluciones. Aporta ideas si te lo permite.
  2. Controla lo que le gusta. No se trata de premiar o castigar. Elabora acuerdos para que ambas tareas sean posibles, la que le gusta y la que no: “si te cuesta, hagamos algo: me quedo tu móvil durante tus dos horas de estudio, lo miras en el descanso y continúas”. Si te lanza una negativa, pídele que proponga algo en su lugar.
  3. Refuerza en positivo. No es cuestión de premiar, sin embargo, el “es que es tu deber” tampoco es eficaz. Cuando una tarea resulta costosa, lo menos que queremos (todos) es que se le quite valor. Reconoce el esfuerzo, los logros, evita hablar de lo que ha tardado y reconoce el enorme tiempo invertido, obvia un poco más los fallos. Dale una sorpresa si te apetece alguna vez. Alienta.

Recuerda que la motivación intrínseca no aparecerá mágicamente, destierra aquella idea de que ciertas cosas “tienen que salir de él/ella”, tal vez no sea así. Todo lo contrario, si necesita coger un hábito o hacer aquello que no le gusta, probablemente te necesitará más como aliado que como juez. ¿Te apetece probar?

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