¡Pero hijo, qué torpe eres!

¡Cómo se nota que no se dan cuenta de lo que te gusta esto eh! No apoyan tu talento. Lo veo, estoy en las gradas junto a todos los padres y les escucho, me duelen algunas palabras de las que gritan, y me fascinan otras…

“¡Vaya, hijo! ¡No tenías tiempo para atarte la bota antes!”, “madre mía, ¡vaya equipo”, (al otro equipo) “oye chaval, ¡deja de tocar los…!”. Increíble, ¿no? Resulta que tú te has calzado las botas esta tarde con la bendita ilusión de disfrutar durante hora y media junto a tu equipo de una pasión compartida, el fútbol, y casi se ha convertido en un suplicio. Tarjeta amarilla.

Oyes esas palabras desde la grada, sin saber ya si te animan o critican, pero casi te da igual, porque ahí estás, y miras ese balón… Casi sin quererlo sientes que debe ser lo único que te importa, aquello que desde niño te hace feliz tener y disfrutar. Sin saber cómo, ese esférico consigue que olvides el mundo durante este tiempo de partido, en el que das lo mejor de ti. Te preguntas por qué entre semana te agobia el mero hecho de pensar únicamente en estudiar, en tus deberes, en obligaciones, y no comprendes por qué ahora se te olvida, pero, siendo honestos, sabemos que te da igual.

Y luego tienes que oírlo una y otra vez, ¿verdad? “¡Menos fútbol y más estudiar!” Uff, tarjeta roja. En realidad, sabes que esa no es tu verdad. Lo comparas y lo ves casi claro, ¿por qué dedicar el resto de mi vida a algo que me guste menos que esto? ¿O no lo tienes tan claro?

Pero bueno, volvamos al partido que el tiempo apremia y ¡hay que dar lo mejor! Tú sigue oyendo, sigue escuchando, pero quédate con lo que te interese. Ese equipazo de padres continúan allí gritando, diciendo cosas que te duelen, marcados por esa emoción de ver a sus hijos jugar, a veces usando palabras más acertadas o menos. No les prestes mayor importancia, y si se la quieres dar, habla de ello más tarde, en calma y expresándote con respeto y de la mejor manera posible.

Y, por supuesto, no dejes de considerar que todos esos padres locos por ver brillar a sus hijos, sí, a veces cometen errores pero… ¿no te ocurre a ti también? A veces no expresamos las cosas de la forma idónea, a veces metemos la pata, pero, mírales bien, allí están, llevan una temporada entera clavando sus ojos en toda esa piña que forma tu equipo, sin importarles tener que llevar dos pares de guantes, que esté lloviendo o pasando un calor infernal.

Al final, da igual que no sean perfectos, tú seguirás persiguiendo tu sueño (espero…) y te responsabilizarás de llevarlo a cabo, y ellos probablemente te apoyen, o no, quizás te critiquen. Pero, ¿te das cuenta de que, con el morro más o menos torcido, siempre están a tu lado? Es lo que importa cuando pitan el final del partido, que, con mejor o peor resultado, siempre tendrás a quienes te consideran lo más importante de su vida solo por ser quien eres.

¿Merece la pena?

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